26 junio 2013

Generar capacidades para librar la trampa de la pobreza (1a parte)



El Distrito Federal tiene el sistema más amplio de derechos sociales que un gobierno otorga a nivel nacional y uno de los más avanzados de la región latinoamericana. Para el ejercicio 2013, la Asamblea Legislativa destinó más de 11 mil millones de pesos al rubro de Asistencia y Desarrollo social y cerca de 2 mil millones a asuntos de género. Menciono únicamente estos rubros porque son bajo los que en otros países se considera la inversión dirigida a la Primera Infancia.

Partiendo del hecho que todos los sectores atendidos por este gobierno de vanguardia son importantes y que absolutamente todos ellos merecen respuesta por parte de quienes escogieron para que los representara, quiero enfatizar que la Primera Infancia como tal no aparece en política alguna de atención o desarrollo social.

Hay avance tecnológico, y en consecuencia se pide que nuestros jóvenes sean “competitivos” y se “preparen” para competir en la gran arena global, como si de un proceso de inspiración endógeno se tratase. ¿Qué estamos haciendo como gobierno para que el avance fisiológico esté a la par del cultural y tecnológico? Centrar nuestros esfuerzos en la Primera Infancia es fundamental.

En primer lugar, establecemos la necesidad de iniciar el empoderamiento ciudadano desde el desarrollo del sistema nervioso central de los seres humanos –desarrollo terriblemente desigual en la actualidad—. Debemos colocarlo a la par de conceptos que ya hemos escuchado aquí, como la desnutrición y las condiciones del nacimiento.

No obstante que el patrón genético establece ciertas directrices, aquello que termina por marcar la diferencia entre los individuos y los conforma como personas son las viviencias, esas que se quedan sobre las estructuras biogenéticas del cerebro, las cuales asientan las experiencias e influencias del entorno, las que participan decisivamente en el neurodesarrollo.

Hay un elemento que juega un papel fundamental, y es el entorno. El infante acepta o rechaza las señales enviadas desde el exterior, es ahí donde cobran importancia las experiencias tempranas que tienen que ver con los cuidados de alimentación y de estimulación. Tiene que ser una labor de varias partes: los padres, cuidadores, sociedad y Estado.

Las experiencias tempranas construyen marcos referentes desde los cuales se tenderá a elaborar respuestas durante el resto de la vida. Por ello es tan importante cuidar a la Primera Infancia de procesos mórbidos como el hambre, la desnutrición y las enfermedades, puesto que dejan una huella indeleble en los cerebros de los niños, truncando así de manera temprana su potencial.

En nuestro país y concretamente en nuestra ciudad, vivimos una paradoja cada vez más numerosa en lo que a casos se refiere: por un lado, desnutrición, por otra parte, obesidad. Es evidente que la ingesta de comida no significa necesariamente estar nutrido.

El cerebro humano está hecho esencialmente de los nutrientes que se ingieren. Porque los intestinos y el cerebro están conectados a través del sistema nervioso entérico. Es decir, los alimentos van conformando un sustrato neurológico con mayor o menor capacidad para que se asienten en él las vivencias e influencias del entorno, con mayor o menor capacidad de aprendizaje y memoria. De esa manera el coeficiente intelectual puede aumentar considerablemente, simplemente haciendo unos cambios en la nutrición, como lo demuestran estudios realizados en varias partes del mundo y referidos en el libro de los nutriólogos ingleses Patrick Holford y Deborah Colson titulado “Nutrición Óptima para la Mente del Niño”. Además de aumentar el coeficiente intelectual, ciertos alimentos y complementos alimenticios mejoran el estado de ánimo y la conducta, agudizan la memoria y la concentración y optimizan la lectura y la escritura.

Somos enfáticos en la necesidad de propiciar las circunstancias de igualdad de oportunidades para los infantes, porque no obstante que las condiciones objetivas con que muchos de ellos nacen, el gobierno tiene la invaluable facultad de emprender programas de educación y estimulación temprana y aprovechar así la plasticidad extraordinaria del cerebro de los niños. De esta forma es como se puede comenzar a romper el ciclo de la pobreza intergeneracional.

Es la educación otro tema que esta ley toca, toda vez comienza desde el primer minuto de vida. En este rubro es donde indentificamos mayores desigualdades, pues el gasto programable beneficia a los sectores de la población con mayores recursos. Es por eso que el Congreso de la Unión debería primero definir los egresos y posteriormente los ingresos.

Somos testigo de cómo se aplican a nuestros estudiantes pruebas de carácter internacional donde los resultados se comparan con los de otros países, y los encargados de elaborar los programas educativos a nivel nacional únicamente se encargan de espetar cuan mal estamos y lo necesario de una “reforma”.

No podemos resignar al Estado a ser un mero guardián de la propiedad privada y contemplar cómo se le ha abatido y separado de sus responsabilidades principales, por ejemplo, la educación, toda vez que es el único ente que puede propiciar las mejoras en el sector sin fines de lucro.

No se puede educar como iguales a los desiguales. Un proyecto nacional de educación debe atender las características específicas de la población, con instituciones adecuadas a los diferentes sectores para que  tengan así las mismas oportunidades de desarrollar sus capacidades, para su empoderamiento.

Insistimos, dichas bases se sientan desde los primeros meses de vida. Para nosotros es fundamental realizar, en términos teóricos, un nuevo proceso fundacional. Un proceso que nos permita tener respuesta ante la concepción neoliberal de la educación. Esa que plantea la utilización de la educación pública, para producir empleados obedientes, obreros especializados y compradores, mucho más que innovadores y creativos.

Incluso, si nos apegamos a aquello que la teoría clásica de la economía nos dice, ni siquiera lo más elemental del liberalismo estamos cumpliendo. Retomo una sentencia de John Stuart Mill en sus “Consideraciones Sobre el Gobierno Representativo”: “La mayor excelencia que cualquier forma de gobierno puede poseer es la de promover la virtud e inteligencia de las propias personas. La primera pregunta que debe hacerse respecto de cualquier institución política es hasta qué punto tiende a fomentar en los miembros de la comunidad las diversas cualidades morales e intelectuales que se desean para ellos”.

1 comentario:

marianamoss dijo...

Que orgullo saber que el D.F. tenga a alguien como usted que se preocupa por los más pequeños! Todo mi apoyo y seguimiento a éstas propuestas!... Yo por lo pronto me preocupo por aportar un granito de arena a mi Estado, con mi trabajo y compromiso! Comparto fielmente ésta ideología! Felicidades!