05 noviembre 2012

Anudados Hermann Bellinghausen

La cascada es interminable, lo salpica todo, lo anega. Abrir los periódicos (al menos éste) es una travesía simultánea por el humor negro, el peor vodevil político, patético y senil, la más alarmante inseguridad pública y una clase política y empresarial actuando con un descaro y un desdén que resultan inéditos incluso para un país como el nuestro, con récords de corrupción, antidemocracia y tortura de clase mundial. ¿Qué tanto nos envenenan las decenas de miles de sacrificados, los cientos de historia con nombre y apellido que alcanzan la red o la prensa, de gente que no está en ninguna parte, pero en México? Muchachitas de Honduras, Chihuahua y Oaxaca con alguna clase de ilusiones, jóvenes sanos y valientes, padres responsables, amas de casa (esas sí desesperadas). Como borrados por el viento. Súmese nuestra tremenda cuota de pura gente mala triturada/trituradora en la carnicería que a plomo y hacha permanece abierta las 24 horas, incluyendo domingos y especialmente días festivos.

Los del poder ataron el nudo de la situación en 1988 y es la fecha que se ríen en nuestra cara. Uno por uno. Los gobernantes que salen, forrados de billetes y mala conciencia. Los que llegan, que nunca se fueron, listos para lo mismo, y más si se puede. ¿Qué más queda por realizar: petróleo, metales, manantiales, costas, cerebros educados (que inexplicablemente sigue habiendo)? O los caimanes sindicales, que serán los únicos sobrevivientes de la aniquilación laboral en curso. ¿Cuántos gobernadores, mandos policiacos, delegados federales y cualquier tipo de burocracia local viven fuera de la ley, hasta que los alcanzan o no el plomo y las rejas?

La emigración nos desangra y no resuelve, sólo lleva los problemas de nuestra gente al otro lado, donde todo la hace sentir que no pertenece y el éxito sólo puede ser individual. La educación nacional es una catástrofe en progreso a la que no se le mira fondo; cómplices clave en este desmantelamiento son los medios electrónicos masivos, que a través de un monopolio no sólo de frecuencias sino de sinapsis de la población abierta, simplifican las funciones y los esfínteres sociales, las reacciones de la audiencia con una dieta pobre de información verídica y un tsunami de entretenimiento, chisme, publicidad, mala música y telenovelas que sí que están para llorar.

Se carcajean de nosotros en sus inauguraciones, bodas y velorios. Se inventan pueblos mágicos y grados honoríficos. Representar al pueblo en el Congreso representa hoy una fontana de oro, y regentear un partido político, casi que mejor.

Y los despojos. Las golpizas con muertos y cárcel. La montaña de malos chistes, como ese de salvar a la borbónica Armada Invencible en picada irrefrenable, que ni es bronca nuestra, o que entre más y mejor petróleo descubren, más les crecen las ganas de poner la ganancia en manos de otros (sus amos, que no nuestros). ¿Terminarán desolado el paisaje y esclavizada la gente, con la autoestima por el piso entre el alboroto y el desencanto?

Despiertos están los jóvenes que se percatan y disienten. Despiertos los pueblos indios que ya dijeron que no se van a dejar y que resisten. Despiertos los movimientos de barrio y de ciudadanos, las familias de víctimas y los opositores autóctonos a eólicas o autopistas idiotas.

Despiertos los que se hartaron de la contaminación y los que no permitirán que los inunde una represa, o una mina de plutonio reviente el ombligo de su suelo.

Pero se necesita que muchos más despierten, y las anestesias y los miedos están muy, lo que se dice muy pesados.
 
 
 
 

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