Andrés Manuel: la Coca Cola que México no necesita.


 “Que renuncie quien no pueda unir su horizonte a la subjetividad de su época.” 
F. Nietzsche


La mayoría de las personas que cometen delitos y son ingresadas a los reclusorios de la Ciudad de México tienen entre 18 y 24 años, aunque los que hemos sido víctimas de la delincuencia sabemos que quien nos apuntó en la cabeza con un arma tenía 16 o 17 años. Estos datos oficiales nos hacen concluir entonces que entre 1994 y 2006, cuando la mayoría de los delincuentes vivía su primera infancia, el Estado abandonó completamente la atención hacia la familia y especialmente a esos niños.

¿Qué tienen qué ver los primeros años de vida de una persona con su comportamiento como joven o adulto? Los niños nacen en un contexto de instituciones formales e informales dadas: familia, guardería, escuela, gobierno. Estas instituciones van dejando huella en su sistema nervioso central conformando el trasfondo de su pensamiento, emociones, decisiones y acciones a lo largo de su vida.

Los primeros seis años de vida son los que forman a las personas; física y emocionalmente. El cerebro crece en más del 95% durante la primera infancia, los esfuerzos de la madre, familia, sociedad y Estado deben enfocarse mayormente en este tiempo. Irónicamente es el periodo que más abandonamos razones que van desde la ignorancia hasta el “los niños no votan”.

La falta de atención y omisión por parte de los gobiernos, y hablemos especialmente de la Ciudad de México, ha provocado el bajo rendimiento escolar y una clara desnutrición infantil. Hoy la diabetes es la segunda enfermedad crónica más común en niños y la primera causa de muerte en adultos. La obesidad e hipertensión es ahora un problema también en los más pequeños pues la desnutrición no es sólo la falta de nutrientes en la dieta de un niño sino el consumo excesivo de antinutrientes como las harinas y refrescos.

Es de lo más común ver en una mesa los envases de dos y tres litros de Coca Cola así como ver por la calle a trabajadores y escolares con su refresco a medio terminar en la mano. La publicidad engañosa hace que madres y padres de familia crean que al dar como desayuno un tazón de cereal con leche están haciendo un buen trabajo como responsables de la nutrición de sus hijos.

No es casualidad que siete de cada diez camas en el sistema de salud estén ocupadas por enfermos de diabetes tipo 2, o que los niños no puedan aprender a la velocidad del plan de estudios programado. Muchos jóvenes no estudian la preparatoria por falta de espacios o de recursos y deben elegir trabajar en lugar de estudiar, pero también es cierto que muchos otros no llegan a concluir el bachillerato por falta de capacidad; por una nutrición no adecuada en los primeros años de sus vidas.

La malnutrición afecta el desarrollo neurológico y la capacidad de aprendizaje y productiva de las personas.

Así como hemos abandonado a los niños de esta ciudad en cuanto al desarrollo físico, también hemos sido omisos en cuanto su desarrollo emocional. Violencia, abandono, desatención, malos ejemplos y falta de cariño son el ambiente perfecto si queremos convertir a un niño en un delincuente o adicto. Tampoco es obra de la casualidad que quienes asaltan y matan sean adolescentes quienes sólo tienen dos caminos: el reclusorio o la muerte a manos de un igual.

La solución al problema de salud pública e inseguridad es el mismo: atender a los habitantes de la Ciudad de México desde el día uno de vida. Ni un millón de cámaras o patrullas en cada esquina harán que nos sintamos más seguros si no dejamos de criar niños violentos. Prevenir la diabetes con una dieta correcta y ejercicio habitual es mucho más barato que atender hemodiálisis y amputaciones cada día en los hospitales capitalinos.

Me preocupa mucho que el puntero de las encuestas, el virtual Presidente de México no sólo ignore sino desprecie el tema de la infancia. Me preocupa aún más que sus seguidores no se den cuenta de que en su Proyecto18 los niños únicamente aparecen en la portada. Ninguno de los asesores estrella de López Obrador le ha hablado de la importancia que tiene el Estado en el desarrollo físico y emocional de los niños, o de las herramientas que hay que poner al alcance de los padres y madres para criar hombres y mujeres productivos en lugar de enfermos o delincuentes.

Los delincuentes de hoy fueron niños durante el gobierno que encabezó Andrés Manuel, cuando las joyas de la corona se las llevaban los adultos mayores y los segundos pisos. Cuando los niños, que no votan, eran hechos a un lado. Dar una beca a los jóvenes no hará que el tiempo vuelva. El adolescente que no tuvo una alimentación adecuada, afecto y cuidados no será capaz de obtenerlos con 2,400 pesos al mes.

Trabajé con Andrés Manuel durante nueve años y varias veces lo escuché decir que los hijos son de la madre, que ella es quien tiene que criarlos. No sólo piensa que el padre tiene la única responsabilidad de proveer, sino que la carga de criar a una persona es enteramente de la madre, que el Estado no tiene por qué intervenir en un asunto familiar.

Muchos sabemos de primera mano, que tanto él como su primer círculo tienen actitudes machistas y misóginas, esto se demuestra con la falta de propuestas concretas en temas de equidad, empoderamiento de la mujer y la corresponsabilidad en la crianza de los hijos.

Es por eso que a manera de analogía, para mí Andrés Manuel es como la coca cola, ya que, a través de campañas publicitarias engañosas e insidiosas, nos han hecho creer que es un producto maravilla que nos quita la sed y que al consumirla nos hará feliz, cuando la realidad es que se trata de un producto que a la larga nos afecta de diversas formas, y todo porque no nos detenemos a ver sus verdaderas características, enfermando de confrontación, polarización, elitismo e ignorancia a la gente que aún cree que él representa un cambio en el sistema. 

López Obrador es un producto más del sistema y no entiende que para cambiar las cosas en este país debe ver más allá de su nariz.



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