Después del morado, la ciudad
Durante semanas, la Ciudad de México se preparó para recibir al Mundial
como si de ello dependiera demostrar que somos una gran capital.
Se pintaron puentes y espacios públicos de morado. Aparecieron ajolotes,
murales y decoración mundialista. Hubo pantallas gigantes, escenarios,
conciertos, DJs, mariachis, festivales futboleros y transmisiones
masivas. El gobierno capitalino convirtió el Mundial en uno de los
grandes escaparates de su administración.
No cuestiono que la Ciudad de México haya celebrado el futbol. Tampoco
que un acontecimiento de esta magnitud requiriera inversión pública. Ser
sede mundialista supone recibir millones de visitantes, mejorar
infraestructura y aprovechar una oportunidad extraordinaria para generar
actividad económica.
La pregunta es otra: ¿cuáles fueron las prioridades?
El Gobierno de la Ciudad de México ha hablado de más de 23 mil millones
de pesos de inversión vinculada al Mundial. Es importante decir que
buena parte de esa cifra corresponde a obras de movilidad, agua,
infraestructura y seguridad que permanecerán en la ciudad. Sería
tramposo afirmar que 23 mil millones se fueron en una fiesta.
Pero también hubo dinero para lo efímero.
Sólo los contratos de la Secretaría de Cultura para pantallas, equipos
de transmisión y espectáculos en Reforma y el Centro Histórico
contemplaron montos que podían alcanzar 51 millones de pesos. Hubo 18
Festivales Futboleros, más de 200 proyectos y agrupaciones culturales,
decenas de DJs, sonideros, ballets, grupos musicales y espectáculos.
Para un solo partido se instalaron 30 pantallas gigantes en distintos
puntos del Centro Histórico.
Todo eso mientras la ciudad se cubría de la nueva identidad mundialista.
Y entonces llegaron las encuestas.
La más reciente medición de El Financiero coloca la aprobación de Clara
Brugada en 57 por ciento y su desaprobación en 43 por ciento.
El 57 por ciento podría parecer una cifra cómoda hasta que miramos la
trayectoria: en mayo de 2025 llegó a registrar 75 por ciento de
aprobación. Hoy son 18 puntos menos.
No podemos atribuir esa caída al Mundial. Hacerlo sería intelectualmente
deshonesto. Pero sí podemos afirmar algo: todo el despliegue mundialista
no consiguió revertirla.
Y quizá la explicación esté en la misma encuesta.
Mientras el gobierno colocaba pantallas gigantes, apenas 19 por ciento
de los capitalinos evaluaba positivamente su desempeño en seguridad.
Mientras se pintaban puentes, muros y mobiliario urbano, 56 por ciento
de los encuestados señalaba a la inseguridad como el principal problema
de la ciudad.
Mientras teníamos escenarios, conciertos y festivales, 69 por ciento
evaluaba negativamente al gobierno en seguridad y 68 por ciento hacía lo
mismo respecto del combate a la corrupción.
Hay un dato todavía más revelador: después de semejante esfuerzo
gubernamental, sólo cuatro de cada diez capitalinos aprobaron la
organización de los Fan Fests del Mundial.
La fiesta ni siquiera consiguió entusiasmar a la mayoría.
Y aquí es donde la discusión deja de ser futbolística y se vuelve
profundamente política.
Gobernar es elegir.
Cada peso destinado a una política pública expresa una prioridad. Cada
hora de trabajo de una dependencia, cada contrato, cada campaña de
comunicación y cada intervención del espacio público nos dicen qué
considera importante un gobierno.
Por eso resulta inevitable preguntarse si una administración de
izquierda debe medir su éxito por la cantidad de pantallas que instala o
por la tranquilidad con la que una mujer puede regresar a su casa por la
noche.
Si debe presumir el número de festivales realizados o el número de
familias que encuentran respuesta cuando buscan a una persona
desaparecida.
Si una ciudad está mejor porque sus puentes tienen pintura nueva o
porque funcionan sus servicios públicos.
Y la comparación presupuestal resulta incómoda.
Los hasta 51 millones de pesos previstos para pantallas, transmisiones y
espectáculos superan, por ejemplo, el presupuesto anual de organismos
completos encargados de atender problemas mucho menos fotogénicos:
búsqueda de personas, atención a víctimas, protección de periodistas o
derechos de las personas con discapacidad.
No estoy diciendo que no debimos tener pantallas.
Estoy preguntando qué dice de nuestras prioridades que podamos encontrar
millones para ellas mientras instituciones esenciales cuentan cada peso.
La izquierda nació precisamente para discutir esas prioridades.
Para recordar que los recursos públicos no son del gobierno, sino de la
gente; que gobernar no consiste solamente en embellecer la ciudad, sino
en disminuir desigualdades; y que una política pública debe evaluarse
por cuánto transforma la vida cotidiana de quienes menos tienen, no por
lo bien que luce en una fotografía.
El Mundial dejó derrama económica, visitantes, alegría y momentos que
seguramente muchos capitalinos recordarán. Negarlo sería tan absurdo
como negar los excesos.
Pero las encuestas dejan una advertencia que el gobierno haría bien en
escuchar.
Puedes pintar una ciudad de morado, pero no puedes pintar de morado sus
problemas.
Cuando termina el partido, las pantallas se apagan. Los escenarios se
desmontan. Los turistas regresan a casa. La pintura comienza a
desgastarse.
Y quienes vivimos aquí seguimos necesitando seguridad, agua, transporte
público eficiente, calles iluminadas, servicios y gobiernos que rindan
cuentas.
Quizá el error fue pensar que había que preparar una ciudad para que el
mundo la mirara.
Cuando la prioridad tendría que haber sido construir una ciudad que
funcione para quienes la vivimos todos los días.
Porque una ciudad no se gobierna como una escenografía.


