21 agosto 2026

¿Y el desplegado por ellos?

Veinticuatro gobernadoras y gobernadores encontraron tiempo, palabras y espacio en sus redes sociales para firmar un desplegado.

La causa, al parecer, lo ameritaba: Estados Unidos había retirado la visa a Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente de México.

En cuestión de horas aparecieron las palabras solemnes: soberanía, injerencia, dignidad, independencia, autodeterminación. Veinticuatro mandatarios cerraron filas para defender a un ciudadano mexicano al que otro país decidió retirarle el permiso para entrar a su territorio.

Un ciudadano.

No un jefe de Estado. No un gobernador. No un diplomático mexicano. Ni siquiera un funcionario público. Un ciudadano al que le retiraron una visa.

El problema no es que lo defiendan. Andrés Manuel López Beltrán, como cualquier mexicano, tiene derecho a inconformarse ante una decisión que considere injusta.

El problema es otro: ¿dónde estaba esa indignación cuando los afectados eran mexicanos sin apellido poderoso?

Desde enero de 2025, 17 mexicanos han muerto bajo custodia o durante operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, ICE: 14 fallecieron mientras se encontraban bajo custodia y tres durante operativos migratorios. El propio Gobierno de México ha iniciado acciones para esclarecer las circunstancias de esas muertes y ha enviado notas diplomáticas de protesta.

Para ellos no hubo desplegado de 24 gobernadores.

Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y hasta el pasado 13 de agosto, México había recibido a 271,193 connacionales repatriados desde Estados Unidos, de acuerdo con cifras del propio Gobierno federal.

Doscientos setenta y un mil ciento noventa y tres mexicanos. Para ellos tampoco hubo 24 firmas.

Y ahora conocemos algo todavía más difícil de explicar.

Durante 2026, Estados Unidos ha enviado cerca de 2,300 ciudadanos mexicanos a Guatemala, antes de su traslado a nuestro país. A ellos se suman al menos 247 mexicanos enviados a Honduras.

Mexicanos deportados por Estados Unidos que, en lugar de ser repatriados directamente a México, fueron trasladados primero a terceros países.

¿No era ése un buen momento para hablar de soberanía? ¿No ameritaba un desplegado?

¿No era entonces cuando había que recordar a Washington que México es un país independiente y que sus ciudadanos merecen un trato digno?

Silencio.

Pero bastó una visa.

Y, sobre todo, bastó un apellido.

Porque resulta inevitable preguntarse por qué la soberanía nacional parece adquirir distinta importancia dependiendo de quién sea el mexicano afectado.

Una visa estadounidense no es un derecho constitucional mexicano. Es una autorización administrativa que concede otro Estado para permitir el ingreso a su territorio.

La vida sí es un derecho.

La integridad física sí es un derecho.

El debido proceso sí es un derecho.

La asistencia consular sí es un derecho.

Y el trato digno a nuestros migrantes debería ser una causa nacional.

Por eso sorprende la capacidad de coordinación de 24 gobernadoras y gobernadores cuando el afectado pertenece al círculo más cercano del poder, frente a la ausencia de un pronunciamiento conjunto comparable ante lo que viven miles de mexicanos en Estados Unidos.

Y vale la pena aclararlo: no se trata de afirmar que ninguno de esos gobernadores haya hablado jamás de migración. Se trata de algo mucho más concreto y evidente.

Para 17 mexicanos muertos no vimos las 24 firmas.

Para más de 271 mil repatriados no vimos el desplegado.

Para los miles de mexicanos enviados a Guatemala y Honduras no vimos la defensa colectiva de la soberanía.

Pero para una visa, sí.

Quizá la diferencia esté en que nuestros migrantes no tienen apellidos conocidos.

Son quienes limpian casas y oficinas, quienes trabajan en restaurantes, quienes cosechan los alimentos que llegan a las mesas estadounidenses, quienes construyen edificios, cuidan niños, atienden jardines y realizan algunos de los trabajos más duros de la economía del país vecino.

Muchos llevan décadas allá. Muchos mandan cada mes una parte de lo que ganan a sus familias en México. Y muchos quizá nunca tuvieron una visa que Estados Unidos pudiera cancelarles.

Pero tienen algo infinitamente más importante: derechos.

También tienen familias. También tienen nombre. Y también son mexicanos.

Por eso la pregunta para aquellas 24 gobernadoras y gobernadores es sencilla:

¿Cuántos mexicanos tienen que morir para merecer un desplegado?

¿Cuántos tienen que ser detenidos? ¿Cuántos deben ser deportados?

¿Cuántos tienen que ser enviados a un tercer país?

¿Qué necesita una familia migrante para recibir la misma solidaridad política que provocó, en unas horas, la cancelación de la visa del hijo de un expresidente?

Porque la soberanía no puede aparecer solamente cuando el afectado pertenece al círculo del poder.

La dignidad nacional no puede depender del apellido.

Y la defensa de nuestros ciudadanos no debería depender de a quién conocen, de quién son hijos ni del lugar que ocupan dentro de un movimiento político.

Si 24 gobernadores pudieron ponerse de acuerdo para defender a un ciudadano porque Estados Unidos decidió que ya no podía entrar a su territorio, deberían poder hacerlo también por quienes están siendo obligados a salir de él.

La próxima vez que quieran hablar de soberanía quizá no necesiten buscar otro desplegado.

Basta con mirar hacia la frontera.

Ahí hay miles de mexicanos esperando descubrir si la dignidad nacional de la que tanto hablan también los incluye a ellos.

 

12 agosto 2026

Después del morado, la ciudad.

 Después del morado, la ciudad



Durante semanas, la Ciudad de México se preparó para recibir al Mundial

como si de ello dependiera demostrar que somos una gran capital.


Se pintaron puentes y espacios públicos de morado. Aparecieron ajolotes,

murales y decoración mundialista. Hubo pantallas gigantes, escenarios,

conciertos, DJs, mariachis, festivales futboleros y transmisiones

masivas. El gobierno capitalino convirtió el Mundial en uno de los

grandes escaparates de su administración.


No cuestiono que la Ciudad de México haya celebrado el futbol. Tampoco

que un acontecimiento de esta magnitud requiriera inversión pública. Ser

sede mundialista supone recibir millones de visitantes, mejorar

infraestructura y aprovechar una oportunidad extraordinaria para generar

actividad económica.


La pregunta es otra: ¿cuáles fueron las prioridades?


El Gobierno de la Ciudad de México ha hablado de más de 23 mil millones

de pesos de inversión vinculada al Mundial. Es importante decir que

buena parte de esa cifra corresponde a obras de movilidad, agua,

infraestructura y seguridad que permanecerán en la ciudad. Sería

tramposo afirmar que 23 mil millones se fueron en una fiesta.


Pero también hubo dinero para lo efímero.


Sólo los contratos de la Secretaría de Cultura para pantallas, equipos

de transmisión y espectáculos en Reforma y el Centro Histórico

contemplaron montos que podían alcanzar 51 millones de pesos. Hubo 18

Festivales Futboleros, más de 200 proyectos y agrupaciones culturales,

decenas de DJs, sonideros, ballets, grupos musicales y espectáculos.

Para un solo partido se instalaron 30 pantallas gigantes en distintos

puntos del Centro Histórico.


Todo eso mientras la ciudad se cubría de la nueva identidad mundialista.


Y entonces llegaron las encuestas.


La más reciente medición de El Financiero coloca la aprobación de Clara

Brugada en 57 por ciento y su desaprobación en 43 por ciento.


El 57 por ciento podría parecer una cifra cómoda hasta que miramos la

trayectoria: en mayo de 2025 llegó a registrar 75 por ciento de

aprobación. Hoy son 18 puntos menos.


No podemos atribuir esa caída al Mundial. Hacerlo sería intelectualmente

deshonesto. Pero sí podemos afirmar algo: todo el despliegue mundialista

no consiguió revertirla.


Y quizá la explicación esté en la misma encuesta.


Mientras el gobierno colocaba pantallas gigantes, apenas 19 por ciento

de los capitalinos evaluaba positivamente su desempeño en seguridad.


Mientras se pintaban puentes, muros y mobiliario urbano, 56 por ciento

de los encuestados señalaba a la inseguridad como el principal problema

de la ciudad.


Mientras teníamos escenarios, conciertos y festivales, 69 por ciento

evaluaba negativamente al gobierno en seguridad y 68 por ciento hacía lo

mismo respecto del combate a la corrupción.


Hay un dato todavía más revelador: después de semejante esfuerzo

gubernamental, sólo cuatro de cada diez capitalinos aprobaron la

organización de los Fan Fests del Mundial.


La fiesta ni siquiera consiguió entusiasmar a la mayoría.


Y aquí es donde la discusión deja de ser futbolística y se vuelve

profundamente política.


Gobernar es elegir.


Cada peso destinado a una política pública expresa una prioridad. Cada

hora de trabajo de una dependencia, cada contrato, cada campaña de

comunicación y cada intervención del espacio público nos dicen qué

considera importante un gobierno.


Por eso resulta inevitable preguntarse si una administración de

izquierda debe medir su éxito por la cantidad de pantallas que instala o

por la tranquilidad con la que una mujer puede regresar a su casa por la

noche.


Si debe presumir el número de festivales realizados o el número de

familias que encuentran respuesta cuando buscan a una persona

desaparecida.


Si una ciudad está mejor porque sus puentes tienen pintura nueva o

porque funcionan sus servicios públicos.


Y la comparación presupuestal resulta incómoda.


Los hasta 51 millones de pesos previstos para pantallas, transmisiones y

espectáculos superan, por ejemplo, el presupuesto anual de organismos

completos encargados de atender problemas mucho menos fotogénicos:

búsqueda de personas, atención a víctimas, protección de periodistas o

derechos de las personas con discapacidad.


No estoy diciendo que no debimos tener pantallas.


Estoy preguntando qué dice de nuestras prioridades que podamos encontrar

millones para ellas mientras instituciones esenciales cuentan cada peso.


La izquierda nació precisamente para discutir esas prioridades.


Para recordar que los recursos públicos no son del gobierno, sino de la

gente; que gobernar no consiste solamente en embellecer la ciudad, sino

en disminuir desigualdades; y que una política pública debe evaluarse

por cuánto transforma la vida cotidiana de quienes menos tienen, no por

lo bien que luce en una fotografía.


El Mundial dejó derrama económica, visitantes, alegría y momentos que

seguramente muchos capitalinos recordarán. Negarlo sería tan absurdo

como negar los excesos.


Pero las encuestas dejan una advertencia que el gobierno haría bien en

escuchar.


Puedes pintar una ciudad de morado, pero no puedes pintar de morado sus

problemas.


Cuando termina el partido, las pantallas se apagan. Los escenarios se

desmontan. Los turistas regresan a casa. La pintura comienza a

desgastarse.


Y quienes vivimos aquí seguimos necesitando seguridad, agua, transporte

público eficiente, calles iluminadas, servicios y gobiernos que rindan

cuentas.


Quizá el error fue pensar que había que preparar una ciudad para que el

mundo la mirara.


Cuando la prioridad tendría que haber sido construir una ciudad que

funcione para quienes la vivimos todos los días.


Porque una ciudad no se gobierna como una escenografía.

22 abril 2026

Cuando decidir sobre tu cuerpo, no depende de ti.



Ayer en Cuajimalpa, conocí a una mujer de 27 años con cuatro hijas. Cargaba a la más pequeña en brazos cuando le pregunté, con genuina curiosidad, si quería tener más hijos. Me respondió sin dudar: no. Me dijo que quería operarse, que ya había tomado una decisión sobre su cuerpo, su vida y su maternidad. Pero el médico le dijo que no. Que estaba muy joven. Que después.

 

En esa escena hay algo más profundo que una negativa médica. Hay una estructura completa operando. Porque no se trató de una recomendación, ni de un proceso de información, ni de consentimiento informado. Se trató de una decisión que le fue arrebatada. Al final, no se hizo lo que quiso la mujer, la paciente. Se hizo lo que decidió el médico.

 

Eso también es violencia obstétrica.

 

Durante años, hemos asociado la violencia obstétrica únicamente con el momento del parto: cuando una mujer es ignorada, infantilizada, intervenida sin consentimiento o violentada física o verbalmente mientras da a luz. Pero esa es solo una parte del problema. La violencia obstétrica también ocurre antes y después. Ocurre cuando se limita el acceso a métodos anticonceptivos definitivos. Ocurre cuando se cuestiona la capacidad de una mujer para decidir sobre su fertilidad. Ocurre cuando el sistema de salud actúa como guardián del cuerpo de las mujeres.


En México, este no es un fenómeno aislado. Alrededor del 31% de las mujeres que han tenido un parto reportaron haber vivido algún tipo de violencia obstétrica. Es decir, una de cada tres. No estamos hablando de excepciones. Estamos hablando de una práctica sistemática.

 

Y, sin embargo, las denuncias son mínimas. Apenas 710 quejas registradas ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en años recientes. La distancia entre lo que viven las mujeres y lo que se denuncia es abismal. ¿Por qué? Porque muchas veces ni siquiera se reconoce como violencia. Porque el abuso se normaliza. Porque enfrentarse al sistema de salud implica desgaste, tiempo y, con frecuencia, impunidad.

 

Lo que vivió esta mujer de 27 años no es un caso aislado ni un “mal médico”. Es la expresión de un sistema atravesado por una lógica profundamente paternalista: la idea de que las mujeres no siempre saben lo que quieren, de que hay que protegerlas de sus propias decisiones, de que su capacidad reproductiva debe ser administrada.

 

Mientras a las mujeres se les niega el acceso a procedimientos como la ligadura de trompas bajo argumentos paternalistas, la corresponsabilidad masculina en la planificación familiar sigue siendo mínima. En México, menos del 2% de los hombres en edad reproductiva opta por la vasectomía, a pesar de ser un procedimiento mucho más sencillo, seguro y menos invasivo que la mayoría de los métodos definitivos para mujeres.


La carga reproductiva sigue recayendo casi exclusivamente en ellas. En sus cuerpos. En sus decisiones, o más bien, en la falta de ellas.


Existe una norma oficial que regula la atención durante el embarazo, parto y puerperio y que establece que las mujeres deben recibir un trato digno, con información clara y con respeto a su decisión libre e informada. En el papel, el derecho está ahí. En la práctica, no siempre.

 

Además, la violencia obstétrica ni siquiera está tipificada como delito a nivel federal. Esa ambigüedad es parte del problema.

 

Por eso el llamado es claro.

 

A la Presidenta de este país, a las legisladoras federales, a las autoridades de salud: es momento de asumir que la violencia obstétrica no es un tema estructural. Pero también es momento de nombrar su origen.

 

La violencia obstétrica no nace de la nada. Nace de una forma de ejercer el poder: vertical, autoritaria, profundamente paternalista. Una forma de entender la medicina donde el médico decide y la mujer obedece. Ese modelo ya no es aceptable.

 

Hoy sabemos que los derechos reproductivos implican autonomía, consentimiento y decisiones informadas. El médico no es una autoridad moral sobre el cuerpo de las pacientes. Es un profesional al servicio de sus decisiones.

 

La Ciudad de México ya dio un paso importante al reconocer la violencia obstétrica como delito. Ese camino no puede quedarse aislado. Si este gobierno ha apostado por ampliar derechos, este es el momento de demostrarlo también en los cuerpos de las mujeres.

 

Porque no hay transformación posible si las decisiones más íntimas siguen siendo controladas por otros. Porque decidir sobre el propio cuerpo no debería ser un privilegio. Debe ser un derecho garantizado.

 

¿Y el desplegado por ellos?

Veinticuatro gobernadoras y gobernadores encontraron tiempo, palabras y espacio en sus redes sociales para firmar un desplegado. La causa, a...